Mi trabajo no refleja quién soy, mi casa no refleja quién soy, el que soy tampoco me refleja. Busco entre algunas fotos viejas algún tipo de consuelo o distracción. Hoy no voy a ir a trabajar. Ya estoy llegando dos horas tarde y no me moví del living. Voy a mandar un mensaje para que crean que me estoy muriendo así mañana no me gritan por llegar tarde.
El moho barre las calles de la capital con una presencia inconfundible, la humedad pesa en la piel y ya no hay ropa que aguante. La tormenta pasó hace dos semanas pero no quiere dejar de llover. Ya no pedimos sol. Pedimos techo. La avenida Rivadavia, a la altura de calle Medrano, está irreconocible: nadie mira alrededor excepto que busque algo y todos buscamos llegar a casa. Casa, para mí, es el departamento de tía Haydeé que pedí -usurpé- después de la separación. Cuarto piso por escalera con balcón y un estudio en dónde dejé el piano y algunas fotos en la pared. Digno. Vuelvo del trabajo con desilusión por los maltratos de mi jefa, que reclama por mis llegadas tarde. Mis llegadas tarde se deben a que no puedo dormir hasta las cinco de la mañana, que no pueda dormir se debe a que no hay luz, por ende no hay ruido, y el ruido es esencial para dormir cuando con una personalidad ansiosa como la mía se busca la calma. Llego. Busco en el teléfono algo que me entretenga, pero nada pare...
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