El moho barre las calles de la capital con una presencia
inconfundible, la humedad pesa en la piel y ya no hay ropa que aguante. La
tormenta pasó hace dos semanas pero no quiere dejar de llover. Ya no pedimos
sol. Pedimos techo.
La avenida Rivadavia, a la altura de calle Medrano, está irreconocible: nadie mira alrededor excepto que busque algo y todos buscamos llegar a casa. Casa, para mí, es el departamento de tía Haydeé que pedí -usurpé- después de la separación. Cuarto piso por escalera con balcón y un estudio en dónde dejé el piano y algunas fotos en la pared. Digno.
Vuelvo del trabajo con desilusión por los maltratos de mi jefa, que reclama por mis llegadas tarde. Mis llegadas tarde se deben a que no puedo dormir hasta las cinco de la mañana, que no pueda dormir se debe a que no hay luz, por ende no hay ruido, y el ruido es esencial para dormir cuando con una personalidad ansiosa como la mía se busca la calma.
Llego. Busco en el teléfono algo que me entretenga, pero nada parece resultar. La separación me tiene como te deben de tener las separaciones: triste, alicaído. Vine acá con la excusa de encontrarme a mí mismo, pero ya van quince días de intermitencia eléctrica y eso te puede volver loco. Puse algún disco en mi teléfono y me dediqué a guardar las sábanas: hobbies de ultratumba. Prendo un cigarrillo con una mano y con la otra me desvisto para hacerle honor a la soledad. Me meto en la cama y ya no sé si taparme o no taparme, sigue siendo lo mismo.
Hoy pensé cuatro veces en Carla. Cierro los ojos. Intento masturbarme pero no puedo, no tiene demasiado sentido. La lluvia sólo empeora la soledad y los días no parecen terminar más.
Carla tiene treinta años y vive en Avenida Díaz Vélez y Gascón. La conocí hace cinco años en un accidente automovilístico: su bicicleta discutió con un camión en contramano. Pude socorrerla pero no pude calmarla, entiendo, es difícil. Esa noche la invité a tomar una cerveza.
No pude dormir. Las ganas de levantarme son tan pocas como lo eran antes de la falta de luz, pero eso sólo incrementa mi estado de semi consciencia. Hoy no voy a ir a trabajar.
Intento escribir. La falta de creatividad me emociona porque sé que el futuro no es más que esto y llorar por lo que no viene no es más que lo que siempre fue. Tuve sueños hermosos de ser el que no pude, pero todo eso ya está empezando a pesar. En veinte años tuve tres ideas buenas. Algunas ya se habían escrito.
La avenida Rivadavia, a la altura de calle Medrano, está irreconocible: nadie mira alrededor excepto que busque algo y todos buscamos llegar a casa. Casa, para mí, es el departamento de tía Haydeé que pedí -usurpé- después de la separación. Cuarto piso por escalera con balcón y un estudio en dónde dejé el piano y algunas fotos en la pared. Digno.
Vuelvo del trabajo con desilusión por los maltratos de mi jefa, que reclama por mis llegadas tarde. Mis llegadas tarde se deben a que no puedo dormir hasta las cinco de la mañana, que no pueda dormir se debe a que no hay luz, por ende no hay ruido, y el ruido es esencial para dormir cuando con una personalidad ansiosa como la mía se busca la calma.
Llego. Busco en el teléfono algo que me entretenga, pero nada parece resultar. La separación me tiene como te deben de tener las separaciones: triste, alicaído. Vine acá con la excusa de encontrarme a mí mismo, pero ya van quince días de intermitencia eléctrica y eso te puede volver loco. Puse algún disco en mi teléfono y me dediqué a guardar las sábanas: hobbies de ultratumba. Prendo un cigarrillo con una mano y con la otra me desvisto para hacerle honor a la soledad. Me meto en la cama y ya no sé si taparme o no taparme, sigue siendo lo mismo.
Hoy pensé cuatro veces en Carla. Cierro los ojos. Intento masturbarme pero no puedo, no tiene demasiado sentido. La lluvia sólo empeora la soledad y los días no parecen terminar más.
Carla tiene treinta años y vive en Avenida Díaz Vélez y Gascón. La conocí hace cinco años en un accidente automovilístico: su bicicleta discutió con un camión en contramano. Pude socorrerla pero no pude calmarla, entiendo, es difícil. Esa noche la invité a tomar una cerveza.
No pude dormir. Las ganas de levantarme son tan pocas como lo eran antes de la falta de luz, pero eso sólo incrementa mi estado de semi consciencia. Hoy no voy a ir a trabajar.
Intento escribir. La falta de creatividad me emociona porque sé que el futuro no es más que esto y llorar por lo que no viene no es más que lo que siempre fue. Tuve sueños hermosos de ser el que no pude, pero todo eso ya está empezando a pesar. En veinte años tuve tres ideas buenas. Algunas ya se habían escrito.
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